Mañana, Sajonia-Anhalt puede hacer historia, y no de la buena. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, un partido de extrema derecha y neonazi tiene posibilidades reales de conseguir una mayoría que le permita gobernar por sí solo uno de los estados federados alemanes. No de ganar una elección (eso ya ocurrió en Turingia hace dos años), sino de gobernar. Que suceda precisamente en Alemania hace inevitable mirar hacia atrás. Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.
Nos preguntamos cómo pudieron volver. Yo empiezo a preguntarme si alguna vez se fueron.
No hablo de nazis escondidos durante ochenta años esperando su oportunidad. Tampoco creo que millones de alemanes se hayan despertado convertidos repentinamente en fascistas. Sería una explicación demasiado cómoda y probablemente falsa. Hablo de algo mucho más humano y, precisamente por eso, más preocupante: del miedo, del resentimiento, de la necesidad de encontrar una explicación sencilla cuando la vida se vuelve demasiado complicada y de la tentación de encontrar a alguien a quien culpar.
Durante décadas construimos sociedades capaces de mantener esas ideas en los márgenes. Democracias relativamente prósperas, instituciones fuertes, movilidad social, educación, empleo, vivienda accesible y la expectativa de que nuestros hijos vivirían un poco mejor que nosotros.
Pero algo se rompió.
Hoy millones de europeos trabajan y sienten que el salario no les alcanza. Comprar una casa se ha convertido en un imposible para buena parte de una generación. Los servicios públicos están bajo presión y demasiadas personas sienten que quienes gobiernan hablan de problemas diferentes a los que ellas encuentran cuando van al supermercado.
Son frustraciones reales que, acumuladas, crean vulnerabilidades sociales. Cuando la política democrática no sabe atenderlas, deja una oportunidad enorme para quienes saben explotarlas.
Entonces aparece alguien con una explicación extraordinariamente sencilla: “el problema son ellos”. Los inmigrantes, los musulmanes, los globalistas, la casta, los woke, los comunistas, las élites. El nombre cambia pero el mecanismo se parece demasiado.
Los gobiernos democráticos tienen una responsabilidad enorme. Durante demasiado tiempo han minimizado problemas de integración, inmigración irregular, seguridad y presión sobre determinados servicios públicos. Al mismo tiempo, celebran cifras de crecimiento macroeconómico que demasiadas personas no ven reflejadas en sus bolsillos. Una economía puede crecer mientras una parte de la sociedad siente que vive cada vez peor.
Minimizar esos problemas no los hace desaparecer. Deja libre el espacio para que quienes tienen muchos menos escrúpulos los simplifiquen y expliquen.
Las redes sociales aceleran todo esto. Nunca habíamos tenido una máquina tan eficiente para transformar una excepción en una categoría. Un inmigrante comete un crimen y millones pueden verlo antes de desayunar. Los miles que esa misma mañana llevaron a sus hijos al colegio, trabajaron y pagaron impuestos no son noticia. Tampoco son virales. Y así, poco a poco, el extranjero deja de ser una persona y empieza a convertirse en una explicación.
Lo digo desde una posición peculiar. Soy inmigrante. Llevo más de media vida siéndolo. Y soy padre. Quizá por eso mañana me preocupa mucho más como padre que como inmigrante. Yo ya tengo cincuenta años. Mis hijos tienen prácticamente toda su vida por delante. Lo que normalicemos hoy será parte del mundo político que ellos recibirán mañana.
Pero también soy venezolano. Por eso me niego a convertir esta reflexión en otro artículo sobre izquierda contra derecha. Ya vi este mecanismo utilizado desde el otro extremo político.
Hugo Chávez tampoco inventó las frustraciones ni las vulnerabilidades sociales de Venezuela. Las encontró y supo ver la enorme rentabilidad política que podía obtener de ellas. Después hizo algo políticamente formidable y socialmente devastador: convirtió ese malestar en resentimiento político y sobre todo, social.
La oligarquía, los ricos, los empresarios, los medios, los escuálidos, el imperialismo.
No necesitó inventar la frustración, simplemente les puso rostro.
Trump, Milei, Abascal, Salvini, Bukele, la AfD y tantos otros no son lo mismo. Sus países, programas e historias son diferentes, y meterlos en una misma bolsa ideológica sería ilógico. Los nombro precisamente por lo contrario: porque a pesar de todo lo que los separa, el mecanismo reaparece una y otra vez. Resulta más fácil movilizar a las personas no alrededor de aquello que queremos construir, sino de aquello que prometemos destruir.
La casta, el Estado, los inmigrantes, los delincuentes, los socialistas, los globalistas, el establishment. El enemigo cambia. La promesa permanece: si acabamos con ellos, recuperaremos lo que nos quitaron.
Funciona porque detrás de muchas de esas votos no hay necesariamente un racista o un fascista. Hay alguien que dejó de confiar en los políticos tradicionales, se siente ignorado o simplemente ha llegado a la conclusión de que el sistema ya no funciona para él. Llamarlo xenófobo o fascista solo sirve para confirmar lo que alguien ya le susurra: ellos te desprecian; yo te entiendo.
Por eso, para combatir una política que convierte al inmigrante en enemigo, no podemos convertir a sus votantes en nuestro enemigo. Y por eso también debemos discutir los problemas reales. La inmigración debe gestionarse, la integración debe funcionar, la seguridad debe garantizarse, los abusos deben perseguirse y quien llega a un país tiene obligaciones además de derechos. Nada de eso es xenofobia. La diferencia aparece cuando dejamos de discutir cómo resolver un problema y comenzamos a atribuirle a un grupo humano la responsabilidad de todos los nuestros.
Y aquí aparece una paradoja que me cuesta entender, quizá porque me toca demasiado cerca: inmigrantes que apoyan a quienes han construido buena parte de su discurso contra la inmigración. Tal vez algunos piensen que cuando escuchan “inmigrantes” están hablando de otros. Del que llegó después, viene de otro país, practica otra religión o tiene otro color de piel. Quizá, después de años de integración, dejan de verse como parte de ese “ellos”. Pero cuando una sociedad empieza a decidir quién pertenece y quién sobra, confiar en estar siempre del lado correcto de la frontera es una apuesta peligrosa.
Europa ya sabe hasta dónde puede llegar esa lógica. Aquella vez el enemigo fueron, entre otros, los judíos. Nadie serio debería afirmar que estamos viviendo nuevamente 1933. No lo estamos. Pero precisamente porque conocemos aquella historia deberíamos reconocer algunos mecanismos antes de necesitar reconocer sus consecuencias.
La deshumanización no empieza con campos de concentración. Empieza mucho antes: cuando dejamos de hablar de personas y comenzamos a hablar de categorías; cuando una nacionalidad explica una conducta; cuando una religión convierte a alguien en sospechoso; cuando una excepción se utiliza para describir a millones; cuando el vecino deja de ser Ahmed y empieza a ser “el musulmán”. Cuando suficientes personas aceptan que para recuperar el país primero hay que recuperarlo de alguien.
Quizá entonces la pregunta no sea por qué han vuelto. Quizá deberíamos preguntarnos algo bastante más incómodo: ¿y si nunca se fueron?
Porque la historia no se repite cuando regresan los mismos monstruos sino cuando vuelven a funcionar las mismas excusas.

