Los 57 millones de la (nueva) discordia
Uno de los comentarios a mi reflexión “Qué vaina, Gustavo” traía una frase que llevo pensando desde que la leí:
“O se está del lado de la justicia y la libertad, o se está del lado del opresor.”
La frase tiene fuerza.
El problema es que quien la escribió y yo somos “del mismo bando” y, sin embargo, no estamos de acuerdo.
Quizá por eso me interesó tanto.
Después de compartir mi punto de vista he recibido muchísimos mensajes. La mayoría positivos. Otros discreparon profundamente conmigo (gracias: nunca está de más recordar que comparto una opinión, no una verdad absoluta).
Hasta ahí, todo normal. Lo interesante vino después.
Entre las críticas comenzó a aparecer una cifra: 57 millones de dólares.
Son los fondos anunciados para El Sistema. Y entiendo que incomode: apenas han pasado dos meses desde dos terremotos cuyas consecuencias siguen a la vista, con escombros por retirar y personas que aún no han podido ser recuperadas. Venezuela tiene necesidades infinitamente más urgentes que terminar un edificio dedicado a la música.
Hay un detalle que tampoco debería pasar por debajo de la mesa. El concierto con el que Gustavo cerró su etapa en Los Ángeles fue precisamente para recaudar fondos para las víctimas de esos terremotos. Esta vez, además, lo recaudado será gestionado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Lo de “esta vez” no es casual. Ya hemos tenido demasiadas experiencias en las que, también en nombre de Venezuela, se han organizado cosas importantes (Venezuela Aid Live, febrero de 2019) donde el destino del dinero terminó rodeado de preguntas bastante incómodas.
Apoyar algo o a alguien nunca debería significar dejar de hacer preguntas.
Así que me hice una: ¿por qué 57 millones de dólares precisamente ahora?
Y descubrí algo que cambia bastante el contexto: El edificio no nace con estos 57 millones. Forma parte de un programa de infraestructura financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo desde hace años. La construcción quedó paralizada en 2018 y los fondos anunciados ahora están destinados principalmente a terminarla.
Los 57 millones estaban ahí. Lo que no estaba era todo el contexto.
Y esos fondos tampoco los decidió Gustavo.
Los decidió el gobierno de Estados Unidos.
El mismo gobierno al que tantos venezolanos agradecieron el 3 de enero, casi con un “nos libraron del mal, amén”, y que desde entonces negocia con líderes de la misma estructura de poder que durante años dijo combatir, algunos incluso con recompensas millonarias por su captura, aún vigentes.
Podemos llamarlo pragmatismo, geopolítica o realpolitik.
Lo curioso es que “normalización” fue precisamente una de las palabras utilizadas para cuestionar lo que yo había escrito.
Reconocer algo bueno en El Sistema puede ser normalizar el chavismo. Negociar con esa misma estructura desde Washington parece exigirnos, en cambio, un análisis bastante más sofisticado.
Supongo que el problema empieza cuando las cosas se niegan a ser blancas o negras. O quizá sea que, para entender a Venezuela, hace falta un doctorado en realismo mágico.
Algunas conversaciones de estos días me dejaron además preguntas que me parecen legítimas.
El Sistema ha recibido financiamiento del Estado desde sus inicios. Sin ese apoyo no habría sobrevivido. Lo recibió durante la democracia y continuó recibiéndolo con Chávez y Maduro.
La pregunta interesante, entonces, no es si recibió dinero del Estado, sino otra: ¿en qué momento recibirlo convierte a una institución financiada por el Estado en parte del proyecto político de quien gobierna?
Lo ignoro.
También está la cuestión moral: los silencios, las fotografías, cuánto podía exigírsele a alguien con la visibilidad de Gustavo mientras el país se derrumbaba. Son preguntas muy válidas y algunas de las conversaciones de estos días me han hecho pensarlas de otra manera.
Pero quizá ahí esté precisamente lo que me interesa de toda esta discusión.
No encontrar una razón para no criticar, sino entender con qué criterio lo hacemos.
Porque criticar es fácil. Lo difícil es saber cuánto de nuestro juicio responde a los hechos y cuánto depende de quién los protagoniza.
Y sospecho que ahí no somos particularmente consistentes.
Yo tampoco gano nada escribiendo esto. Nadie me lo ha pedido, no recibo nada a cambio y, para decirlo en criollo, no estoy jalándole bolas ni a Gustavo ni a El Sistema.
Simplemente escribo lo que pienso.
Y después de todo este intercambio sigo pensando que algunas críticas son perfectamente coherentes.
Lo que ya no tengo tan claro es si somos igual de exigentes con todas nuestras certezas.
Quizá los 57 millones de dólares sean lo de menos.
Qué vaina.
