Hace unos días me encontré en Instagram (donde si no) con una publicación sobre una manada de lobos caminando por la nieve. Según el texto, los más viejos y débiles iban delante para marcar un ritmo que todos pudieran seguir. Después venían algunos de los más fuertes para protegerlos, las hembras y los cachorros caminaban seguros en el centro, otro grupo fuerte cuidaba la retaguardia y, al final, separado de todos, iba el líder.
La explicación era maravillosa. El líder no necesitaba ir delante. Desde atrás podía observar a toda la manada, asegurarse de que nadie quedara rezagado y actuar cuando hiciera falta. Una de esas historias que uno lee, le encuentra sentido inmediatamente y sigue adelante convencido de haber aprendido algo. Solo que esta vez se me ocurrió comprobarlo y resultó que era falso. Los lobos sencillamente no se organizan así. Aquella estructura casi militar, con los débiles delante, los fuertes protegiendo al grupo y el gran líder supervisándolo todo desde atrás, era una historia construida alrededor de una fotografía.
Y eso me hizo pensar en dos cosas. La primera es la facilidad con la que creemos algo simplemente porque está bien contado. Recibimos una cantidad absurda de información todos los días y, paradójicamente, cada vez tenemos menos tiempo para preguntarnos de dónde salió. Una fotografía, una frase atribuida a Einstein, una estadística sin fuente o una historia conmovedora pueden recorrer el mundo en horas. Si además confirman algo que ya pensábamos, mejor todavía. A veces ni siquiera hace falta que algo sea verdad. Basta con que parezca verdad.
La segunda tiene que ver con el liderazgo. Porque incluso si la historia de los lobos fuera cierta, hay algo de la moraleja que no termina de convencerme: ¿por qué tendría que ir el líder siempre detrás?
Yo suelo decirles a mis equipos que estoy al frente cuando hay que pelear, a un lado cuando hay que apoyar y atrás —o simplemente no estoy— cuando son ellos quienes deben recibir el reconocimiento. Porque liderar no consiste en decidir si tu lugar está delante o detrás. Consiste en entender dónde haces falta en cada momento.
Con los lobos, además, somos reincidentes. Durante años convertimos al famoso “lobo alfa” en símbolo del líder dominante: fuerte, competitivo, territorial, capaz de imponerse a los demás. Después resultó que tampoco era exactamente así. Muchas manadas de lobos son básicamente familias: padres, hijos, hermanos. Bastante menos épico que todo lo que construimos alrededor del macho alfa.
Y entonces hicimos algo fantástico: en lugar de dejar tranquilos a los lobos, les inventamos otra teoría de liderazgo. El que antes debía imponerse a todos ahora debía cuidar de todos. El que estaba arriba pasó a caminar detrás. Cambió nuestra idea del buen líder y cambiamos también al lobo que necesitábamos para representarla. A estas alturas, al único lobo al que quizá no le hemos atribuido una teoría de liderazgo es al de Caperucita Roja. Y probablemente sea cuestión de tiempo.
Quizá por eso me interesó tanto esta historia después de descubrir que era falsa. Una publicación que pretendía enseñarme dónde camina un buen líder terminó recordándome algo bastante distinto: que el liderazgo depende del contexto y que deberíamos desconfiar un poco más de las historias que explican cosas complejas con demasiada facilidad, sobre todo cuando nos gustan.
La próxima vez que vea una fotografía de unos lobos explicándome cómo debo liderar, probablemente comprobaré primero si la historia es cierta. Aunque sea la de Caperucita.
