Enrique W. Guzmán: a propósito de «fuera la mona», racismo normalizado una realidad incómoda

Venezuela mantiene históricamente una habilidad curiosa: negarse a sí misma con una convicción casi admirable, nos gusta repetir que somos un país “mestizo”, que aquí no hay racismo, que eso es un problema de otros, sin embargo, en la misma conversación, sin cambiar el tono, sin bajar la voz, aparece la palabra “mono” como insulto natural y cotidiano,  sin incomodidad.
Ahí está la contradicción, no en los discursos, sino en lo que sale sin pensar porque es normal.
Crecimos escuchando frases que hoy muchos repiten sin cuestionar: “mejorar la raza”, “pelo malo”, “trabajar como negro para vivir como blanco”, nunca se presentaron como racismo. Son refranes, costumbre, humor e incluso muestras de cariño! y,  precisamente por eso, se han quedado, porque nunca se han discutido o cuestionado, se adoptaron y normalizaron, así sin más.
Por eso lo ocurrido con Carlos Baute en Madrid no es un desliz aislado, es más bien, una exposición, un micrófono amplificando algo que ya estaba ahí, instalado, cotidianizado, lo incómodo no es el momento en sí, es lo familiar y normal que resulta.
Pero lo verdaderamente revelador vino después, la necesidad casi automática de justificarlo, de minimizarlo o de convertir cualquier crítica en una etiqueta política, como si señalar racismo dependiera de estar en un bando u otro, como si la coherencia fuese negociable.
Luego llegaron los memes, uno en particular resume todo: la comparación entre Irene Sáez coronada y Delcy Rodriguez, acompañada de la pregunta “¿cómo pasamos de esto a esto?”. La frase debajo remata la idea: antes éramos conocidas por mujeres bellas, y ahora esto, no hace falta mucho análisis, allí está condensada una jerarquía completa: el valor medido en apariencia, la belleza asociada a un estándar específico, y todo lo que se aleja de ese molde reducido a burla.
No es solo superficialidad, es una forma de deshumanización elegante, socialmente aceptada, que se disfraza de nostalgia, porque no se está hablando de un concurso de belleza, se está diciendo, sin decirlo, quién representa y quién no, quién es válido y quién incomoda.
Y todo esto ocurre en un país que se sigue definiendo como mestizo. Como si el mestizaje fuese un antídoto automático contra el racismo, cuando muchas veces ha funcionado exactamente al revés: como una coartada para no nombrarlo.
Aquí es donde la cosa deja de ser cómoda, no puedes exigir dignidad, derechos o respeto mientras reduces a alguien a su apariencia o a su color de piel, no es una contradicción menor, es el punto donde el discurso se rompe.
Hace años, la canción que lanzó a la fama a Baute, repetida hasta el cansancio decía: “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, yo me quedo en Venezuela porque yo soy optimista”. Ese optimismo implicaba creer en un país mejor. Pero un país mejor no se construye negando lo que incomoda, ni disfrazándolo de chiste, ni aplaudiéndolo cuando conviene.
El problema no es que el racismo exista, lo preocupante es la naturalidad con la que se expresa y la rapidez con la que se justifica, esa combinación es mucho más peligrosa que cualquier episodio puntual.
Porque al final, esto no va de un cantante, ni de un meme, ni de una figura política, va de algo bastante más cercano: de lo que cada uno está dispuesto a tolerar cuando le conviene.
Y ese es un espejo que, en Venezuela, seguimos evitando mirar de frente.

Contenido Patrocinado / Recomendado para ti