Es evidente que Bad Bunny no es cantante en el sentido clásico del término, tampoco sus letras están destinadas a pasar a la historia por la profundidad de su mensaje, ni por una complejidad poética que invite a la relectura dentro de cincuenta años y, aun así, ahí estaba, en el halftime del Super Bowl, en el centro del espectáculo más visto del planeta. Y poniendo al mundo entero a hablar de él de manera binaria, porque a Bad Bunny se le quiere o se le odia.
Mientras avanzaba el show, no pensé en música ni en letras. Pensé en los Teletubbies, no es una provocación ni un insulto de mi parte, es la única analogía que he podido encontrar, me explico:
- Los Teletubbies no fueron un producto ingenuo ni un accidente televisivo, fueron creados con la participación directa de psicólogos infantiles, que estudiaron cómo reaccionan los niños pequeños a ciertos estímulos visuales y sonoros, todo estaba calculado: los colores saturados, la repetición obsesiva, los sonidos simples, la ausencia total de conflicto.
- El objetivo no era educar, ni narrar, ni dejar una enseñanza memorable. Era uno solo: capturar atención.
- El resultado fue quirúrgico, niños de 0 a 4 años quedaban hipnotizados, niños mayores los miraban con desinterés educado, adultos, directamente, nos apagábamos al minuto, eran el somnífero perfecto, no porque fuera malo, sino porque no estaba hecho para otro público que no fuera el suyo.
Bad Bunny opera bajo una lógica sorprendentemente similar. Su música no aspira a la trascendencia ni a la sutileza, aspira a algo más inmediato y más eficaz: reconocimiento instantáneo, repetición, pertenencia, no necesita traducción cultural ni contexto previo, funciona igual en San Juan, Madrid, Tokio, Dubai o Nueva York, como los Teletubbies, no conoce fronteras.
Ahí radica su verdadera fuerza, no en la técnica vocal, no en la profundidad lírica, sino en haber entendido que, en una cultura saturada, el éxito ya no depende de convencer a todos, sino de activar intensamente a muchos, para quien está dentro del código, el efecto es casi corporal, para quien está fuera, el show puede resultar plano, insistente o incluso agotador, pero esa desconexión no es un fallo del fenómeno, es la prueba de que está funcionando exactamente como fue diseñado.
El error habitual es analizar a Bad Bunny con criterios que nunca formaron parte del proyecto, juzgarlo como si pretendiera dialogar con el crítico musical o seducir al oyente escéptico es tan improcedente como reprocharle a los Teletubbies no tener profundidad narrativa.
Bad Bunny no está intentando gustarte, está intentando llegar, y llega a millones, en distintos idiomas, en distintos países, sin pedir permiso ni explicar demasiado, porque de paso sus “letras”son siempre en (su versión de) español.
Por eso la discusión sobre si “merecía” estar en el Super Bowl es, en el fondo, irrelevante, no llegó ahí por consenso estético, sino por dominio de impactop Por entender mejor que muchos cómo funciona hoy la atención global.
Bad Bunny no es un síntoma de decadencia cultural, es un producto perfectamente adaptado a su tiempo.
Y como pasó con los Teletubbies, lo que más incomoda no es lo que es, sino lo que revela: que el espectáculo más grande del mundo puede funcionar (y muy bien) sin necesidad de hablarnos a todos. Eso, más que cualquier letra simple, es lo verdaderamente inquietante.

