Enrique W. Guzmán: Enero de 2026, el mes que duró un año

Estaba entre dormido y despierto cuando llegó el primer WhatsApp. Era de una prima que estaba en Higuerote:
“Primo, ¿qué se dice allá de Venezuela? Aquí están cayendo bombas a dos cuadras de donde estamos y no sabemos nada.”

Ahí se acabó el sueño. En segundos llegaron más mensajes, videos borrosos, audios nerviosos. Nadie, ni en Venezuela ni fuera, tenía la más mínima idea de qué estaba pasando. Y ese vacío informativo es el ecosistema perfecto para uno de los hobbies nacionales: La Conspiranoia: que si era un autogolpe, que si ahora sí venía la invasión, que si todo era una puesta en escena. Todo esto mientras medio país seguía enratonado, rumbeando, con el pan de jamón por la mitad y el “felijaño” todavía atravesado en la garganta.

Así empezó enero. Sin transición. Sin respeto por el calendario ni por la resaca colectiva.

En cuestión de horas, Estados Unidos había hecho algo por lo que Netflix siempre quedará agradecido: intervenido militarmente en Venezuela con una operación digna de una serie y Nicolás Maduro terminaba rumbo a Nueva York, desando “Happy New Year” a su llegada y agotando su outfit de Nike a nivel mundial!
El libreto inicial fue el de siempre: narcotráfico, narcoterrorismo, justicia internacional. Democracia. Palabras grandes, repetidas durante años con solemnidad casi litúrgica. Pero lo verdaderamente revelador no fue el golpe, sino lo que vino después.

Porque, de pronto, del narcotráfico no se volvió a hablar nunca más en la Casa Blanca. Silencio absoluto. Como si la cocaína hubiese dejado de existir por decreto. En su lugar apareció una narrativa mucho más clara y, curiosamente, más honesta: petróleo, negocios, estabilidad, inversiones. Incluso el retorno de vuelos comerciales, incluyendo (cómo no!) aerolíneas estadounidenses listas para aterrizar de nuevo en Maiquetía. El mismo país que hasta ayer era un “narcoestado” pasó a ser, otra vez, un mercado estratégico. No es cinismo. Es negocio y geopolítica pura y dura, sin maquillaje.

Del lado interno, el chavismo hizo lo que siempre ha sabido hacer: mutar para sobrevivir. Con Delcy Rodríguez como rostro visible, el nuevo discurso habla de pragmatismo, moderación y apertura. Amnistías, reformas, leyes petroleras. Todo muy técnico. Todo muy razonable. El problema, como siempre, no es el discurso sino la memoria. Porque este poder lleva  27 años demostrando que entre lo que anuncia y lo que ejecuta hay un abismo cuidadosamente administrado.

En la acera opuesta, María Corina Machado decidió jugar su carta internacional. Pero antes del gesto simbólico de llevar su Premio Nobel como ofrenda política, hubo una escena que dice mucho más que cualquier discurso: entrar a la Casa Blanca por la puerta de atrás. No fue un error protocolar ni un detalle logístico. Fue una humillación política previa. Un recordatorio explícito de quién concede audiencia y quién debe agradecerla.

El acto posterior, entregar su premio como muestra de gratitud, terminó de cerrar el cuadro. La épica de la resistencia dio paso a una imagen incómoda: la de una líder venezolana aceptando las reglas de la vasallada diplomática con la esperanza de que esta vez sí funcione. No es un juicio moral; es una constatación política. La pregunta queda suspendida en el aire: ¿cuánta soberanía queda cuando la esperanza necesita permiso y puerta trasera?

Mientras todo esto se negociaba en salones alfombrados y comunicados oficiales, la realidad cotidiana siguió exactamente igual, incluso hoy que ya es Febrero. El $ paralelo comportándose como un yo-yo histérico, subiendo y bajando sin lógica aparente. Pero lo verdaderamente estable fue la especulación. Venezolanos especulando contra venezolanos, como si esa fuera la única política económica que jamás falla. Ni sanciones, ni invasiones, ni premios internacionales han logrado cambiar esa vaina.

Enero dejó una verdad incómoda, y que muchos se niegan a aceptar (cosa que es comprensible en muchos casos): nadie, absolutamente ninguno de los actores está jugando por Venezuela. Estados Unidos juega por sus intereses. El chavismo juega por su supervivencia. La oposición juega por finalmente llegar a el poder. Y en el medio queda un país donde millones siguen aferrados a la esperanza, no porque alguien se la haya garantizado, sino porque rendirse nunca ha sido una opción viable.

Por eso, ahora que llega Laura Dogu a reabrir la misión diplomática estadounidense en Caracas, conviene no hacerse los sorprendidos. Si en Carnavales la vemos en Los Roques con Delcy, bebiendo whisky y bailando tambores, no será una traición ni una anécdota pintoresca. Será, simplemente, la metáfora perfecta de este enero: enemigos de ayer brindando hoy, mientras el país sigue esperando que alguien (alguna vez) deje de jugar y empiece a hacerse cargo.